501. Melancolías por Jacinto Vera / Salutaciones a Liber Falco
No sé si tomé el libro de Mario Arregui por recordar hace unos días la librería de Héctor Tolosa, el hecho es que una noche me quedé en el living, sentado, hojeando Liber Falco: con dos notas sobre Pedro Piccatto y una selección de poemas, un libro que debo haber comprado, quizás, hacia finales de los años ochenta en ese memorable depósito de libros. Lo supongo por el precio que aparece en el borde superior derecho de una de sus primeras hojas: 550 pesos. Solo en esa época y en ese lugar podría haber encontrado un precio así.
La edición es de Arca y darme cuenta de eso me hace recordar que tengo dos libros más, al menos, de esa editorial montevideana: Para esta noche, de Juan Carlos Onetti y El país de la cola de paja, de Mario Benedetti. Quizás sean más, pero sería un delirio ir a verificarlo en la biblioteca. Lo significativo es que todos esos libros los compré en el mismo lugar.
Entonces leí este libro alrededor de los veinte años, cuando era un lector mucho más compulsivo que ahora, disponía de muchísimo más tiempo y combatía solo con el inconveniente de no tener suficiente dinero para comprar las novedades literarias que se anuncian en vitrinas, diarios y revistas. Entonces, la solución se encontraba en las frecuentes visitas a la Biblioteca Nacional o al Goethe-Institut (su biblioteca era gratuita, gran parte de Bertolt Brecht lo leí gracias a ella).
También solucionaba el problema con algunos hurtos bibliográficos, cada vez más ocasionales y siempre en grandes librerías y, por último, recorriendo librerías como la de Tolosa, en donde se encontraban algunos títulos accesibles y a veces interesantes, pero, claro, eso obligaba a leer «novedades» de hacía veinte años o más incluso.
Liber Falco lo compré por algo muy simple: por Jacinto Vera. «Yo nací en Jacinto Vera» era una de las canciones que más me gustó de los primeros discos que escuché de Daniel Viglietti, casete, en realidad. Le acompañan otros poemas musicalizados, de César Vallejo y Federico García Lorca.
En todo caso, el poema se llama «Biografía» y leerlo, sin acompañamiento de guitarra y violín lo hace sentir algo deslucido:
Yo nací en Jacinto Vera.Sin embargo, esa llaneza en el decir me hacer recordar algunos comentarios sobre Falco, muy similares a ciertas interpretaciones iniciales sobre Efraín Barquero o Jorge Teillier: la confusión entre forma y fondo.
Qué barrio Jacinto Vera.
Ranchos de lata por fuera
y por dentro de madera.
De noche blanca corría,
blanca corría la luna,
y yo corría tras ella.
De repente la perdía
de repente aparecía,
entre los ranchos de lata
y por adentro madera.
Ah luna, mi luna blanca.
Luna de Jacinto Vera!
Para no pensar lo que debes pensar,Todo un personaje Falco, el Viejo, el que había nacido en 1906, con un padre que era obrero panificador. Con los años se hizo anarquista y sufrió con la derrota de los republicanos en España.
para no decirte lo que debes decirte,
ibas mirando algo que no existe.
Pero debes pensar y oír como se debe.
Mira los árboles.
Tienen hojas verdes ahora
y tú no las has mirado.
Palpaste más de una vez sus troncos,
viste latir y subir su savia.
Mira sus hojas ahora.
Qué manía tienes.
Quieres estar en el fondo de las cosas,
quieres ver las hojas cuando no existen
todavía.
Te quedarás ciego así, confundido;
olvidarás el verde,
la forma de toda cosa, morirás.
Olvidarás todo, así, todo.
Mira las hojas.
Tienen forma de hojas
y son verdes.
Arregui dice algo sobre Falco que me hace cierto sentido personal: sostiene que este se encontraba con una alegría, «una profunda y triste alegría, una alegría que sabe de memoria la muerte».
Todo está muerto, y muertoArregui comenzó a escribir este libro cuatro días después de la muerte de Falco. Se arrastró la escritura siete años y ocho meses después de aquello. Eso hay que tenerlo claro, no tanto para ponerse en guardia y levantar el dedo crítico, sino, por el contrario, pensar cómo es posible escribir con ese distanciamiento de un amigo.
el tiempo en que ha vivido.
Yo mismo temo, a veces,
que nada haya existido;
que mi memoria mienta,
que cada vez y siempre
–puesto que yo he cambiado–
cambie, lo que he perdido.
Lucha contra el tiempo el autor, nos lleva por las noches bohemias de Montevideo, por las borracheras y anécdotas de Falco, así como por la revisión de sus poemas o sus cartas. Escribió pocas de ellas el poeta, parece que prefería con mucho la conversación, el vino, la fraternidad de la noche. Sin embargo, en una de ellas, anotó:
Quizá sea terrible ser un soñador perenne; quizá sea inhumano. Se me ocurre que existen dos tipos de soñadores; el que se crea un mundo para sí y huye del mundo y el que, instalado en este, sigue resignadamente en él, y le resueña.Hijo de obrero panificador, lo hemos dicho. Falco no solo fue poeta, también fue empleado de imprenta, peluquero, vendedor de pan, corrector de pruebas de diarios y libros.
El pan en la infancia (pienso en la autobiografía de Barquero), vender pan para comer. No deja de conmover, entonces, leer estos versos:
¿Sabes lo que es estar solo, solo
volver a casa a las dos de la mañana,
mojar un pan mohoso, triste y duro,
roerlo solo,
y sentado en una orilla del mundo,
ver a los astros que rutilan
y no saber qué preguntar ni qué decir
y confundir las hambres, y roer solo tú allá…
un pan mohoso, triste y duro?














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