miércoles, diciembre 28, 2011

499. Los siete ahorcados de Leonidas Andreiev


Durante este año he estado trabajando en la lectura más o menos sistemática de los minilibros Quimantú, al principio como juego indagatorio y, cada vez más, como sucesivas aproximaciones a una comprensión mayor de la política editorial que seleccionaba cada uno de los títulos que integraba dicha colección.

Por ahora, he registrado en este blog anotaciones sobre Gaspar Ruiz de Joseph Conrad; Noches blancas de Fedor Dostoyevsky; El cuarenta y uno de Boris Lavreniov; Aventuras de un fanfarrón de William Thackeray y Banda de pueblo de J. de la Cuadra

Ahora es el turno de Los siete ahorcados de Leonidas Andreiev.

Leonidas Andreiev (1871-1919) fue uno de los autores rusos incluidos en la colección Minilibros Quimantú, en su caso, con sus dos obras más conocidas: La risa roja y Los siete ahorcados.

Como dato anexo, estas novelas habían sido publicadas en Chile, el año 1931, por la Editorial Zig Zag. Algo que lleva a recordar que autores como Andreiev siempre son mencionados en la memorialística de la época (véase, por ejemplo, Luis Enrique Délano, Alfonso Calderón, Pablo Neruda). Esto da para pensar que la línea editorial de Quimantú, al menos en lo que dice relación con los minilibros, no es algo elaborado de manera exclusiva para la política cultural de la Unidad Popular, sino que es el reflejo de un proceso de acumulación cultural (si se permite la expresión) a lo largo del siglo XX. De algún modo, los títulos y autores que se seleccionan hacia la década de los años setenta tienen relación con los procesos de formación cultural e intelectual que tuvieron los jóvenes de treinta o cuarenta años antes. Eso es algo que quizás abordaremos en otra ocasión.

Lo que sí es posible afirmar es que Andreiev es otro buen ejemplo de que la línea editorial de Quimantú no era completamente ortodoxa: Andreiev se exilió en Finlandia, luego del triunfo de la Revolución Rusa en 1917 y desde allí escribió algunos textos contra los bolcheviques. Por cierto, nada de eso se señala con claridad en el breve prólogo. Además, como dato curioso, en él se entrega una fecha errónea de muerte: se indica el año 1922, algo extraño en las ediciones de Quimantú, que se caracterizaron por no tener erratas de esa índole.

Es claro, entonces, que Andreiev es incluido en esta colección por la relevancia de su obra. En efecto, este narrador fue un caso de éxito inmediato: una edición de 20.000 ejemplares de su libro El rey hombre se agotó en un día. León Tolstoi fue uno de los escritores destacados que le brindó su apoyo.

Siguiendo las aguas de Chéjov y Dostoievski, Andreiev se alinea en el realismo e indaga en profundidad el conflicto psicológico. De hecho, me parece que es en esta última dimensión en donde se percibe de mejor manera esta novela.

Esto, en gran medida por la manera de construir la historia. Los siete ahorcados (1908) trata del intento de asesinato (ajusticiamiento, dirían otros) de un ministro del zar, por parte de un grupo de anarquistas rusos. El intento falla, los conspiradores son capturados y condenados a la pena de muerte. Junto a ellos se encuentra un campesino que ha dado muerte a su amo y un ladrón.

A excepción del primer capítulo, que se preocupa de describir la catadura del ministro, en particular, su debilidad moral, todo el resto de la novela relata el rápido paso que hay desde el juicio sumario hasta la muerte en la horca.

Andreiev se preocupa de sugerirnos la personalidad de cada uno de los anarquistas presos, y en profundidad. Así, se obliga a construir un retrato psicológico de quiénes han sido ellos pero, sobre todo, de cómo reaccionan ante la inminencia de la muerte. Esa diversidad de reacciones, todas ellas verosímiles, le da una tensión notable al relato, junto a una atmósfera que agobia a veces.

Sin embargo, el relato no deriva hacia lo fácilmente emotivo, en el desarrollo de la historia en sí, ni tampoco en lo pedagógicamente moralizante, en el sentido de sus lecturas posibles. De hecho, a pesar de los rasgos decadentes con los cuales dibuja la silueta del ministro, Andreiev no profundiza en las razones políticas o ideológicas de los anarquistas. No toma un partido definido, ni a favor ni en contra. Lo que le preocupa es la tensión de un ser humano enfrentado a la muerte, así como la articulación, el funcionamiento de un dispositivo jurídico y policial destinado a quitar la vida. En ese sentido, sí puede sostenerse que la inquietud de Andreiev es develar dicho dispositivo y su funcionamiento: analiza el despliegue que un Estado realiza para aplicar la pena de muerte, sin embargo, no problematiza la lógica o la fundamentación del magnicidio, como sí se verá años después, por ejemplo, en Los justos, de Albert Camus.

Este matiz no deja de llamar la atención, toda vez que varios señalan que una de las preocupaciones vitales de Andreiev es el rechazo de la violencia, de toda forma de violencia y, en particular, de la violencia ejercida desde el Poder. Como lo indica K. Waliszewski en su Historia de la literatura rusa (México, Editorial Nueva España, 1945):
[Andreiev] surge como escritor poco después de la guerra ruso-japonesa, mostrando desde el principio de su carrera literaria una aversión casi mística por la guerra y la violencia que había presenciado.
Por su parte, en el prólogo de esta edición de Quimantú se afirma que
Durante la Primera Guerra Europea, su ideología, opuesta a toda manifestación de violencia, le significó el destierro a Valmesin, en 1917.
Esa aversión a la guerra, en todo caso, nos parece mucho mejor lograda en una novela que comentaremos en otro momento: La risa roja, su primera obra, publicada en 1904. Algunos años antes, en 1894, Andreiev había intentado suicidarse, debido a su miseria, según sostiene Waliszewski. En su biografía pareciera existir, entonces, una permanente dificultad para enfrentarse a los aspectos más duros de la vida. Esa tensión, ese desarraigo, esa extrañeza del individuo ante el mundo que lo rodea es apreciable tanto en Los siete ahorcados como en La risa roja. Pero, más allá de ese distanciamiento, es la intuición que tienen los personajes de que existe una articulación de fuerzas, muy superiores a sus fuerzas individuales, que tienen directa incidencia en sus vidas: las impulsan o las detruyen. Sin embargo, Andreiev no sugiere que dichas fuerzas sean una expresión metafísica del destino o de una comprensión esencialista de la naturaleza humana. Son fuerzas racionales, diseñadas y organizadas por el propio ser humano, para ser aplicadas sobre otros hombres y mujeres.

Por último, existe una referencia secundaria, pero no por ello menos llamativa. Es aquella que vincula a Los siete ahorcados con Los siete locos. ¿Existirá algún texto del propio Roberto Arlt en donde se refiere a la influencia que habría tenido esta obra de Andreiev en Los siete locos?

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