martes, diciembre 20, 2011

497. La humanidad de Martín Lutero


Las religiones han asesinado bastante en la historia, o bien han impulsado el asesinato en masa, y bastante sabemos de eso en nuestro continente. Sin embargo, el dedo acusador sobre la Iglesia Católica a veces hace olvidar el comportamiento de otras comunidades religiosas.

Pienso en eso cuando leo Las guerras campesinas en Alemania de Federico Engels (Santiago, Editorial Quimantú, 1972). Como es obvio, la aplicación del método que se defiende, lleva a Engels a presentar un análisis comprensivo del proceso de lucha económica y política que se dio en el centro de Europa hacia finales de la Edad Media. Es por ello que se detiene en la figura de Lutero, en cuanto le permite –por oposición– destacar la figura de Tomás Münzer. Y es por ello que Engels cita esta proclama de Martín Lutero, dada a conocer hacia el año 1525. Ante las rebeliones de los campesinos, el hombre que venía a reformar la iglesia es categórico:
«Hay que despedazarlos, degollarlos y apuñalarlos, en secreto y en público; ¡y los que puedan que los maten como se mata a un perro rabioso!», gritaba Lutero. «Por esto, queridos señores, oídme y matad, degolladlos sin piedad; y aunque muráis, ¡cuán dichosos seréis!, pues jamás podríais recibir una más feliz muerte. Nada de falsa piedad con los campesinos. Son como los insurgentes los que de ellos se apiaden, porque Dios no les tiene misericordia sino antes quiere verlos castigados y perdidos. Luego los mismos campesinos darán las gracias al Señor cuando tengan que entregar una vaca para poder disfrutar en paz de la que queda; por esta rebeldía los príncipes conocerán el espíritu de la plebe a la que no pueden gobernar sino por la violencia. Dice el sabio: cibur onus et virgam asino [*], al campesino corresponde paja de avena; si son insensatos y no quieren obedecer a la palabra, que obedezcan a la «virga», al arcabuz, y será para el bien de ellos. Deberíamos rezar para que obedezcan; y si no, nada de conmiseración. Dejad que hablen los arcabuces, si no será mil veces peor».

[*] Al asno, la cebada, la carga y el azote. 
Existe una película sobre el reformador, «Lutero» («Luther»), dirigida por Eric Till, quien la realizó el año 2003. Si bien existen algunos minutos en los cuales se representa el momento de la amplia e intensa matanza de campesinos, así como el impacto que hecho le habría generado a Lutero, la verdad es que este es solo un hito en el relato biográfico que, con un marcado tono hagiográfico, despliega el filme. Si fuera solo por estas imágenes, Lutero es un espíritu atormentado, con ciertas contradicciones, pero, siempre, siempre, el mejor de los bienintencionados. Así, el lema promocional del afiche de la película parece claramente desmedido: «genio, rebelde, liberador», señala.

Por cierto, para no llamar a engaño, el libro de Engels no es un análisis de las guerras campesinas o de las luchas religiosas en sí mismas, sino que estudia un período que, con todas sus violencias económicas, sociales y políticas, no hacía sino anunciar el paso de la Edad Media al Renacimiento o, dicho de otra manera, de los largos estertores del feudalismo y los albores de una nueva formación económico-social.

En ese sentido, la proclama de Lutero funciona en el texto no solo como documento, sino también como una figura que permite mostrar aquella voz (que prefigura la voz burguesa), esa voz que –en un primer momento– llama a los abajo. Si estos escuchan el llamado y, peor aún, han creído en él, actuando en correspondencia, prontamente esa voz cambiará de interlocutor, de tono, escogerá otras palabras para decir. En ese momento, los campesinos son despojados de humanidad, son excluidos del género humano, expulsados hasta el último de los abismos. Ya no solo son excluidos de los goces económicos, sociales, culturales de la Edad Media, sino que también dejan de ser hijos de Dios, condición necesaria para que dejen de ser prójimos o, en otras palabras, hermanos. Lutero sostendrá que los campesinos son perros. En el momento en que los pobres son comprendidos como animales, se han roto todas las amarras: no solo toda violencia será posible contra ellos, también será un ejercicio fundamentado, justificado de la violencia.

No deja de llamar la atención la recurrencia en esto de deshumanizar al oponente, con el fin de poder realizar todo tipo de violencia sobre él. Desde los humanoides del almirante José Toribio Merino, hasta el debate de los conquistadores españoles respecto de si los indígenas americanos tenían o no alma, la genealogía de la negación es extensa. Gran parte de esas negaciones del otro, con sus violencias implícitas, han sido creadas, fundamentadas y desarrolladas por importantes pensadores religiosos: el violento amor de Dios ha regado miles de cuerpos sobre la tierra.

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1 Comments:

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