494. Sagárnaga: los textos
Fotografía de Sagárnaga (1955), incluida en el libro de Hugo Goldsack.
A veces los libros llegan de manera inesperada. Por ejemplo, uno sale un día sábado en la mañana rumbo a la Avenida Argentina, en busca de frutas y verduras, y se encuentra con el libro de Hugo Goldsack, Encuentro con Bolivia. Color y sorpresa de un país inesperado (Santiago, Ediciones François Villon, 1956). Se regresa a casa con acelgas, papas, naranjas, ciruelas, lechugas, pimentones... y 76 páginas que describen un viaje a Bolivia a mediados del siglo XX.
¿Qué dice Goldsack de Sagárnaga en esa época?
La Sagárnaga es diferente. Enclavada en una de las tantas colinas que forman La Paz, abarca varias calles estrechadas y empedradas, y los negocios y tiendecillas se suceden uno a otro, ocupando la planta baja de casas increíblemente ancianas y reumáticas. Subir y bajar por sus calzadas coloniales depara un saborcillo muy semejante al que ofrecen los cerros de Valparaíso, con la diferencia de que aquellos son pobres, y esto, en cambio, sólo puede compararse con los prodigios de la cueva de Alí Babá.En realidad, la Sagárnaga es indescriptible, no tanto por la variedad infinita de objetos y productos, como por la riqueza que se acumula en los viejos mesones y en las añosas vitrinas.(...)...parece que nos hablara La Sagárnaga, mientras curioseamos aquí y allá, en esta feria que nos hace pensar, sin quererlo, en Bagdad, y en donde un pueblo totalmente olvidado de sus hermanos y cercado por la más tenaz leyenda negra, sale a nuestro encuentro para mostrarnos algo de su prodigioso instinto creador, su sensibilidad exquisita y las enormes reservas espirituales que guarda para el día en que, superados los viejos prejuicios, nos demos todos a la tarea de integrar la verdadera, la definitiva comunidad latinoamericana.
Una cosa me llama la atención en el relato de Goldsack, es ese tic recurrente en ciertos relatos de viaje: tratar de equiparar, de relacionar, de establecer correspondencias entre nuestras geografías con otras muy distantes, como si lo más próximo a nosotros fuese, en realidad, la quintaesencia del exotismo. Solo de esta manera se puede comprender que este periodista chileno piense en Bagdad cuando está en La Paz. Más de alguna vez he escuchado a un transeúnte distraido referirse a alguna zona del territorio nacional, no en relación a sí mismo, o a una geografía más próxima, continental, digamos, sino que buscando puntos de encuentro con Argelia, Turquía, Italia, Holanda, o cualquier otra coordenada que, al parecer, pudiera dotar de cierto estatus la propia, al parecer, disminuida geografía latinoamericana que nos tocó en suerte. Definitivamente no es así, y La Paz es la La Paz, tanto como Valparaíso es Valparaíso, sin necesidad de validaciones comparativas que puedan resignificar la estatura de la geografía que se ama.
Pero, a todo esto, ¿qué nos dice un escritor más reciente y, además, boliviano?
Jaime Saenz, en su libro Imágenes paceñas. Lugares y personas de la ciudad (La Paz, Difusión, 1979), también le dedica unas líneas a esta calle. La fotografía que ilustra sus palabras fue realizada por Javier Molina B. Este libro lo compré en La Paz, hace ya cinco años, me parece que en la Librería Gisbert, ubicada en el centro de la ciudad, en la calle Comercio.
Partiendo de la plaza de San Francisco y ascendiendo una pendiente cada vez empinada, para luego discurrir en un plano casi horizontal y volver a subir, hasta concluir su curso, la calle Sagárnaga ha sido siempre y por tradición la sede de las curtiembres y talabarterías, como también de las ferreterías y, sobre todo, de las tiendas y puestos de tejidos de vicuña, de alpaca y de lana, encontrándose asimismo no pocas boticas y otros negocios de diversa índole, pues la Sagárgana, al igual que la Max Paredes, aunque en menor escala, es una calle de gran actividad comercial.Sin embargo, por el espíritu y por la atmósfera, por los signos imponderables que el tiempo y los habitantes han señalado, y por encontrarse en sus vecindades el templo de San Francisco, pocas calles se le comparan, tan entrañables como la Sagárnaga, las hay muy contadas.
Si hubiera que optar... es claro, me quedo con el paceño.















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