493. Sagárnaga: los tránsitos
Calle Linares. Un auto desciende por calle Sagárnaga
hacia la Plaza San Francisco.
hacia la Plaza San Francisco.
Sagárnaga es un destinado obligado para el turismo en la ciudad de La Paz. El reino de las artesanías de toda índole, tanto en metales como en géneros. El problema, claro, es la altura y para recorrer la calle y los negocios que se extienden en sus calles perpendiculares –Linares, Illampu– es necesario subir desde lo que vendría a ser algo así como el plan de Valparaíso: las distintas avenidas y calles que se intersectan en la Plaza San Francisco. Al principio, cuesta.
La primera vez que visité esas calles lo hice solo, luego volví horas más tarde en compañía de Carlos Aldunate. Como todo universo de artesanía pensado para el turista, uno tropieza con una zona de producción en serie y, al menos en mi caso, dada mi ignorancia, con problemas para reconocer la importancia de una determinada pieza.
Me llamaba la atención que, cuando me decían que tenía que ir a ese lugar no parecía que hablaran de una calle. «No puedes dejar de conocer Sagárnaga», «Tienes que ir a Sagárgana», me sugerían, como si Sagárnaga fuera un pueblo, una localidad y no una calle que lleva el apellido de un prócer independentista boliviano, Juan Bautista Sagárnaga.
A pesar de todo, a pesar de la sobrepoblación de turistas, tropezando entre nosotros mismos al entrar o salir de un local, no todo es tan frenético. Existen lugares notables, como uno que ofrece solo artesanía en metal y presenta, además, todo el material original que ocupa el artesano para desarrollar su oficio. Y el Che, por cierto, el rostro del Che en poleras, ceniceros, llaveros y la inevitable reflexión sobre la paradoja de lo que ello significa.
Calle Linares, en las proximidades del Museo del Arte Textil Andino Boliviano.
La segunda vez visitamos Sagárnaga con Vania y en esa ocasión el recorrido fue más amplio y detallado, encontrando fachadas de madera labrada, pequeños laberintos, nuevos olores y texturas, así como ese sector que se ubica casi en la intersección de Linares con Santa Cruz, donde está el mercado de hechicería, y en los locales se pueden apreciar los fetos de llamas, por ejemplo, junto a innumerables objetos que no dejaban de generar cierta inquietud, a pesar de pretender ser uno un buen materialista dialéctico. Solo los ekekos se me hacían familiares.
De pronto, la lluvia, súbita, contundente, y los trotecitos de turistas y paceños buscando refugio. Nosotros también, y lo encontramos en un café en la misma calle Sagárnaga, próximo a la Avenida Mariscal Santa Cruz. Desde ahí contemplábamos cómo caía el agua a raudales, por el costado de la Basílica de San Francisco. También advertíamos que la sorpresa del chaparrón alteraba la percepción: los trotes eran de los turistas, los paceños más bien caminaban con un poco más de prontitud. Otra cosa vimos: los indígenas que vendían sus artesanías en la calle, los vendedores ambulantes del turismo, no se movían de su lugar. Parecía que se volvían sobre sí mismos, ovillándose levemente; ordenaban sus ropas, sus productos para la venta, y esperaban, esperaban como si estuviésemos no solo en lados opuestos de la vereda, sino más distantes aún.
Basílica de San Francisco.
Sagárnaga tiene sus cosas, como todo espacio similar en el continente, supongo. Un restaurant puede exhibir un letrero que dice «The Colonial Pot. Genuine Colonial» y, poco más allá, un rayado en una muralla denuncia que «Capitalismo también es machismo», y en las tiendas de ropa se exhiben poleras con el rostro de Evo Morales. Sagárnaga es una buena postal de lo que somos, no sé si de lo que queremos ser, pero es lejos un pequeño conjunto de calles adoquinadas que, si se puede, hay que conocer, para que el ojo se asombre, para que el ojo recuerde el asombro.
















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