492. Escritos sin futuro
Existen libros sobre los cuales uno retorna, una y otra vez. A veces para leerlos íntegramente, la mayoría de las ocasiones para hojear con cierta distracción sus páginas. Siempre es para leer de otra manera; otro libro, otro ojo.Hace cierto tiempo me daba vueltas el recuerdo de un texto de este libro de Martín Hopenhayn, Escritos sin futuro (Santiago, Editorial Contrapunto, 1990). Por cierto, una vez que encontré lo que buscaba no correspondía con exactitud a la sensación que tenía del texto.
La sensación remitía a una idea. A la comprensión de que un espacio como un blog debería ser una superficie en la cual se desplegaran aproximaciones, ensayos, indagaciones, búsquedas. Pretender ser conclusivo, taxativo, categórico me parece que excede los límites que ofrece un soporte como este. Por cierto, nada más arbitraria que esta reflexión.
Y pensando en esto buscaba la frase exacta que, en el recuerdo, me hacía sentir dicha idea. Es más, pensaba que la podría relacionar de manera natural con otro recuerdo de un artículo sobre Paul Auster, leído ya hace mucho en la revista Licantropía. Y ello me llevaba a pensar la conversación que tuvimos, sobre ese mismo artículo, con el novelista argentino Luis Lozano, cuando él vivía en Chile.
El encadenamiento de sugerencias se suspende cuando encuentro, por fin, el texto que busco en este libro que me regaló, hace ya años, Rodrigo Soto. Por cierto, el fragmento no se aproxima mucho a lo que recordaba, ni siquiera a la sensación que sustentaba la idea, pero aquí lo transcribo, como una celebración de lo que suscitan las palabras.
El pensador actual convertido en obsesivo del método. Se consagra sobre todo a estudiar cómo estudiar, a protegerse de otros más metódicos que él. En nombre de una ‘sana’ cautela ha renunciado a la aventura del pensar. Se ha vuelto detective, árbitro y estratega del conocimiento. No escribe para provocar, sino para no ser refutado. Sus conclusiones versan sobre errores de aproximación y de sesgo en lo que no es aconsejable incurrir. Sólo atribuye sentido a lo previsible. Le atormenta y disimula su falta de imaginación. Se engaña creyendo que esta carencia se compensa más, registrando más, hurgando más. Cuanto más trabaja, más se ata a su debilidad.¿Qué tal? Como para transformarlo en una suerte de poética de la escritura, en una propuesta programática para tenerla en cuenta cada vez que se perpreta el oficio.
Etiquetas: LECTURAS, MARTÍN HOPENHAYN













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