488. El texto, la geografía
Ya he dicho en otras ocasiones en este blog que tengo una odiosa tendencia a textualizarlo todo. Sobre todo cuando me da esa dichosa obsesión por vincular libros y geografía. Leyendo nuevamente a Anguita, recordé una conversación con Roberto Bescós, el año pasado, en la cual un poco a la rápida hablábamos de la cantidad de referencias, de cruces, que se pueden hacer entre las dos superficies, la sinuosa y la impresa.
A pesar de ello, no deja de conmoverme algunos versos del segundo poema que se incluye en este volumen, «La visita». Debe ser la conciencia de que, en algún momento, deberé comenzar a visitar el cementerio de El Totoral, y es necesario comenzar a preparar el espíritu para ello.
¿Existirán más referencias sobre esa pequeña marca en el mapa? Creo recordar que en una revista de la zona se señalaba que Neruda había dejado algún registro en sus memorias, pero no podría asegurarlo.
Solo puedo afirmar la melancolía de estos versos, acentuados por la música de Philip Glass («Las horas», interpretada por Branka Parlić), a quien escucho –a su vez– para recomponer en el cerebro las imágenes de la película «Mishima».
El tiempo hendido, la llaga que debía cerrarseUn poema que se desplaza entre dos muertes, entre 1857 y 1902; revisitadas por el poeta en 1950. Leídos nuevamente el 2011. Si no fuera por la música, por este piano que se reitera a sí mismo en el cuarto, la lectura sería un anclaje a aquellas escasas memorias que se poseen de El Totoral. Es curioso, la música pareciera permitir desplazarse sobre el texto con cierta levedad, con una pequeña extrañeza que es sana al cuerpo, que hace de estos dos esqueletos encontrándose en un beso eterno, algo muy parecido a la hermosura.
(...)
La palabra está ahora reunida
Etiquetas: EDUARDO ANGUITA, LECTURAS














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