487. Valpore: el culo del patrimonio
«Los porteños de Valpore han escuchado
de una ciudad llamada Valparaíso,
de una ciudad llamada Valparaíso,
pero la mayoría no la conoce, nunca ha visto ni el mar:
son el culo del patrimonio».
(Cristóbal Gaete)
son el culo del patrimonio».
(Cristóbal Gaete)
A Valpore lo compré en la Librería Cumming 1. No recuerdo cuánto me costó, pero fue menos de tres mil pesos, de eso estoy seguro. Me gustó la portada, tiene algo de cartel, de afiche, pero no lo compré por el envase, obviamente.
La verdad es que conocía parte del libro. Su segundo capítulo «Con sus hermosos labios hinchados de pasta base» lo había leído hace algunos años, cuando Ciudad Invisible había convocado a un concurso.
Quizás por lo mismo no pude leer el libro de inmediato; lo intenté un par de veces, pero no lograba avanzar más allá de las diez primeras páginas. Dejé de insistir, esto de las lecturas es como los amores. Tiempo después, lo retomé de nuevo, y esa tarde fue una lectura frenética, como la escritura de Valpore.
La composición de fragmentos y el ritmo que los articula hace desfilar en la mente, a momentos, algunas imágenes de películas en la línea del futuro catastrófico. Algo que se sostiene por esa especial articulación que realiza Gaete entre una suerte de realismo social sucio intersectado con ciertas zonas de lo fantástico. Valparaíso, como soporte del discurso, pareciera poder sostener estas indagaciones: la multiplicidad de perspectivas que ofrece cualquier punto de vista.
Sin embargo, ese es precisamente uno de los temas que me hace pensar más allá de Valpore, hablo ahora no tanto del libro en sí, sino de lo que me sugiere. Pareciera que estas descripciones de derrota, de una suerte de milenarismo punk, de caos y violencia, fueran constitutivas de la identidad de esta geografía. Tengo mis dudas con eso, en realidad, tengo serias dudas con distintos discursos que, en pos de afirmar la identidad porteña, plantean que ella está caracterizada por cierta especificidad tan distintiva a veces, que pareciera única, exclusiva, de Valparaíso. Una suerte de tesis que sostiene la transferencia de la excepcionalidad geográfica a otras categorías, como la histórica, la cultural o la política. Incluso, estirando un poco el elástico, hay veces en que esos dramatismos de inminente derrumbe se me vinculan con aquel discurso decimonónico que nos habla del “acontecer infausto” en Valparaíso, de su “destino trágico”; algo que, a su vez, me hace recordar esa gran narrativa mentirosa del “destino manifiesto” de los gringos.
Pero, por ejemplo, y ahora retorno a Valpore, me parecen tan próximas sus páginas a las que se encuentran en ese otro gran libro que es Perros agónicos, de Francisco Miranda. ¿En qué zonas? En las narraciones de la derrota absoluta, de aquellos cuerpos pobres que quedaron más allá de los bordes de la marginalidad, que ni siquiera podrían fungir como lumpenproletariado. Porque, tanto Valpore como Perros agónicos son libros con una nítida lectura política de las últimas décadas en nuestro país, digamos, de sus profundas consecuencias, tanto en Santiago como en Valparaíso. Sin embargo, llama la atención que, en ciertas recepciones críticas de Valpore, el acento estuviese dado más en el frenesí de cocainómanos, pederastas, borrachos varios, travestis y demases (algo que también ha ocurrido, en cierta medida, con Canciones punk para señoritas autodestructivas, de Daniel Hidalgo). En Valpore, si bien la forma tiene varios momentos notables, me parece que lo que fluye por abajo de ella tiene claramente una densidad mucho mayor, una mirada de mayor alcance que el mero encadenamiento de anécdotas. Pareciera que el problema es que se les considera como fotografías, cuando su funcionalidad es más similar a la de las radiografías.
Porque esta literatura da cuenta de las modificaciones estructurales ocurridas en los últimas décadas en nuestro país, aunque no lo pretenda, aunque no sea programático en ella misma. Y las coincidencias surgen. No solo en la narrativa, como es el caso ya mencionado de Miranda. También en la poesía, como en algunos versos de La jauría desquiciada, de Pavel Oyarzún o un poema que me ronda en la cabeza, pero que no logro identificar, de José Ángel Cuevas, en donde se dibuja la silueta de estos chicos imberbes, empinándose en sus bototos y su desprecio. Incluso se me viene a la memoria cierta zona de Criminal, de Jaime Pinos.
Pero el asunto no es tan sencillo, porque Gaete hace en Valpore lo mismo que hace la ciudad con nosotros: nos obliga a mirar en todas direcciones, y apenas uno encuentra una intersección de perspectivas que nos parece interesante, y nos desplazamos solo un poco para verla mejor, en ese mismo momento, se esfuma y emerge una nueva coordenada de sentido.
Dentro de estas coordenadas, por ejemplo, me llama la atención que la figura de una suerte de lumpen intelectual. El peredasta había fundado una revista alternativa, el comunicólogo es cocainómano, o esta postal:
Detrás de una caravana, un viejo barbón filmaba los alrededores, acompañado de una rubia de amplias nalgas. Sus movimientos los delataban, sospeché que algo esperaban obtener de allí. Los seguí a unos metros. En algún momento, entraron a un hogar de barro y encontraron a un viejo ciego. La rubia le colocó una guitarra en el regazo y le repetía cante, tiene que cantar. El viejo decía no recordar nada, pero con tanta insistencia, comenzó a sollozar una frase. La rubia tomó la guitarra indignada y con el barbón salieron de allí. Eran investigadores patrimoniales.La elección del alcalde de la ciudad, las dinámicas de consumo; la presencia de un importante ejercicio del poder a nivel local, expresado en la figura de un doctor; las siluetas de las nuevas formas de la represión; las huellas de la relativamente antigua violencia política; cultura y patrimonio, etcétera. Son diversas aproximaciones sobre la territorialidad de Valpore, en esta suerte de caleidoscopio que fragmenta toda posible lectura unívoca que uno quisiese hacer del libro. Léase, por ejemplo, de manera aleatoria, «Porno patrimonial», «Los Sea Harrier sobre Valpore» o «Boquitas de clavos», luego leánse en el orden propuesto por el autor. Valpore es, también, un modelo para armar.
Si alguien cree que uno solo de estos sucesivos abordajes es la única indagación válida, se ha perdido la jugada. En ese exacto momento el lector puede abrazar un cliché propio, el que más le acomode. Y Valparaíso como una geografía donde venir a drogarse y a alcoholizarse a destajo es un cliché muy nítido, particularmente en quienes llegan los fines de semana en busca de lo que creen es bohemia, pero no es más que una de las formas más mercantilizadas del carrete. Creer que Valpore es la mera descripción de esta dinámica me parece la consecuencia de una lectura demasiado ligera.
Etiquetas: CRISTÓBAL GAETE, VALPORE














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