485. La fotografía y su aura
Esta fotografía la compramos hace ya más de un año, me parece. Caminábamos con Vania por la feria de los cachureos del día domingo en Valparaíso. En sentido estricto, por aquellas ramificaciones que se hacen de la feria desde la Avenida Argentina hacia el poniente, por las calles Juana Ross, Victoria e Independencia. Los cachureos en la vereda, sin puestos establecidos. La necesidad que sale a bailar sobre todo en la quincena y a final de mes.
Me parece que es en la vereda norte de calle Independencia es donde se encuentra un hombre que vende diversos productos asociados a la fotografía: negativos, recibos de antiguas casas fotográficas, álbumes y, por cierto, antiguas fotografías, muchas de ellas.
En uno de esos montoncitos de imágenes, encontré esta que se destacaba por su mínima superficie: no más de dos centímetros por lado. La pequeña fotografía tuvo un destino predecible entre tantos libros: se encuentra extraviada. Quizás por eso la escaneé a poco de llegar con ella a casa.
La contemplé entonces, lo hago ahora. Y reparo en lo mismo: la actitud de ese niño, sus brazos cruzados que desean presentar una seguridad que apenas se sostiene en sus delgadas piernas. A sus espaldas, la diversidad de materiales con los cuales se construyó: ladrillo, madera, piedra. ¿Dónde existirá ese lugar? ¿Aún perdurará? ¿Habrá sufrido el embate de incendio, terremoto, inmobiliaria?
Pero, sobre todo, el desgarro del tiempo sobre la fotografía: los trozos perdidos de la imagen, incluso la sombra quebrada del niño no es completa.
La foto salió movida. Pero ahora es más que ese rostro difuso ofrecido al lente. El acto de la contemplación es también parte de ese viento suave que pasa por el cuerpo y que extiende a lo lejos, sobre esas pequeñas embarcaciones que cruzan en este momento por la ventana.














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