lunes, mayo 18, 2009

288. Mario Benedetti, volver a pasar por el corazón

1993, Mollina, Málaga, España. Benedetti participa del encuentro "Literatura y Compromiso", que tuvo como director literario al escritor español Ignacio Sanz. Casi un centenar de escritores jóvenes compartiendo por unas semanas con tipos enormes como José Saramago, Juan Goytisolo, Jorge Amado, Wole Soyinka, Juan José Arreola, Ana María Matute, Abel Posse o Lasse Söderberg.

La timidez inicial se deshacía pronto: el hombre era afable y sencillo, muy sencillo. Así que fue relativamente fácil atreverse a contarle que en la universidad, con motivo de un acto por los derechos humanos se había leído un poema de él: "Hombre preso que mira a su hijo". Claro, no le expliqué en detalle que, en realidad, todos los números artísticos habían fallado, y que debíamos realizar la actividad cultural sí o sí, porque todos los otros aspectos de la movilización ya estaban listos. Así que fue una lectura extraña: de pie sobre una mesa del casino, y luego de unas pocas palabras ya estábamos al medio de la avenida. Benedetti solo preguntó: "¿Y alguien resultó herido?, ¿hubo algún detenido?". Mi gran vergüenza al no recordar de inmediato esos detalles. Pero me parecía que no hubo ni lo uno ni lo otro, y así se lo dije, solo para escucharle murmurar dos o tres frases sobre la responsabilidad que existe en el acto de escribir.

Aprovechando el impulso, le pregunté por el poema en cuestión, que está dedicado al "Viejo" Hache (Aún así, en la dedicatoria, protegiendo la identidad). Me contaba que el hombre había existido, pero que no era tan viejo, más bien lo contrario. Y que en la organización nadie apostaba mucho por él, por eso de ser muy delgado y, más encima, libresco. Pero el "Viejo" aguantó. Él sabía con exactitud en qué casa se encontraba escondido Benedetti; nunca llegaron a ella.

Después, aprovechando el delirio de jóvenes que se acercaban a los grandotes esos para pedirles un autógrafo, me acerqué con una antología poética publicada por Alianza Editorial. "¿Cuánto te costó", fue su pregunta, la cual -debo reconocerlo- sentí que era bastante mundana. Sonrió a plenitud cuando le confesé que lo había robado hace unos días, en una librería de Málaga. Le expliqué las razones de ese acto. Al día siguiente, se acercó con un libro en sus manos: Las soledades de Babel, me lo regaló, con dedicatoria ya incluida: "Para que no tengas que robarlo", me dijo. Lástima grande que ese libro ande extraviado por ahí...

En una nueva visita a Málaga, esta vez nocturna, tuvimos una sobredosis de Serrat. Tantas veces escuchar "Mediterráneo" tendría sus consecuencias. Saliendo del restaurant varios partieron a meter las manos, los pies e incluso algunos todo el cuerpo en las aguas que bañaban la costa; en mi caso: fiebre casi de inmediato. Nosotros volvíamos en bus, y los grandotes en autos. Benedetti pregunta si no quería en el auto con ellos, y yo firme en la decisión de viajar en bus, con una extraña mezcla de dignidad y vergüenza. Claro que fue pésima decisión, porque la temperatura ascendió emocionadísima, hasta que el poeta cubano Pedro Marqués de Armas, que también es médico, acudió a atender al suscrito.

No terminaba de salir de la fiebre, cuando quedamos de juntarnos con el hombre, al día siguiente, a las tres de la tarde, para conversar un par de cosas. Esa noche casi no dormí. En la mañana tomé los medicamentos que me recetó Marqués de Armas. Me desplomé en la cama, desperté cuando ya casi se iniciaba la nueva noche. Horas después, el hombre se fue de Mollina.

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