domingo, marzo 29, 2009

282. Palabras por Roque [Dalton] (I)

Es difícil hablar de Roque Dalton sin sentirse conmovido y convocado por su vida. Poesía por donde se le mire, incluso en aquellas zonas más ásperas. Tampoco es un ejercicio saludable olvidar bajo qué cielo se le comenzó a leer.

Los días de furia fueron el contexto en que se recorrían sus versos, con avidez, como quien busca una mano en las noches de sirenas y helicópteros; y no en libros, sino en esporádicos boletines.

Quizás por todo ello, con cierta familiaridad uno abandona la mención a su apellido.

Roque se vino a Chile muy joven, tanto que antes de llegar a Santiago, se detuvo en Panamá para comprar las mejores prendas con las cuales pudiera impresionar a las chilenas. Su objetivo era estudiar, pero los dieciocho años son una edad vehemente. Él mismo lo recuerda en Un libro levemente odioso, en donde incluye el poema “Yo estudiaba en el extranjero en 1953”, en aquella época en que sus disquisiciones dicen relación con la calidad de la Coca Cola uruguaya respecto de su símil chilena, en el mismo lugar de la calle Bandera en donde no le venden más cerveza, porque es evidente que ya está demasiado borracho.

No es el único divertimento que Roque recordaría de su primer paso por Chile. En su libro Los hongos menciona a un tal Navarrete, anarquista, que conoce en junio o julio de 1953, pero eso no sería lo más interesante, sino el vino y ciertas salas de baile en los prostíbulos de Nena Elvangio; así como un lugar en donde puede comer mariscos en la madrugada y, sobre todo, la figura de Noemí Jiménez Figueroa, aquella joven salvadoreña que será para Roque por siempre la medida de la belleza, al menos eso dice el poema.

Así, los estudios no son precisamente la orden del día y el futuro poeta no se presenta a los exámenes de final de año, alegando nostalgia del hogar. Noemí tampoco permanece en Chile.

En este mismo período, conoce en Santiago a su maestro en el pecado, un anarquista de apellido Navarrete o algo así, puntualiza el poeta. Ese encuentro es solo un eslabón en el proceso de aproximarse a nuevas formas de comprender el mundo, sin embargo, no sería el determinante. Lo que aquí vivió fue, en propias palabras de Dalton, lo más importante de su vida. En Santiago de Chile su cabeza dio un traspié, manoteó y terminó mirando en una nueva dirección.

Roque llega a Chile en 1953, recomendado a los padres jesuitas, para iniciar sus estudios de Derecho. Sin embargo, un sacerdote, decano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica, le propone que no ingrese a la Pontificia Universidad, sino que opte por la Universidad de Chile, para que pueda conocer otras corrientes de pensamiento y formas de vida. Así lo hace.
Bien, –nos dice Roque– sin mayores razones para decidirme, y además porque todo el mundo en la Universidad [de Chile] era muy atractivo, ingresé en este centro de estudios, y allí, por supuesto, vi otras cosas de la vida. Por ejemplo, los comunistas. Me puse en contacto con los comunistas, tuve amigos comunistas, y al principio sin saber que lo eran, luego con un poco más de conciencia, por lo menos di un paso de avance en Chile y de católico conservador que era pasé a ser un católico progresista, un social-cristiano; en ese momento, esa corriente de pensamiento en Chile me pareció sumamente atractiva.
Pero eso sería sólo el inicio, el puñetazo definitivo estaba por llegar.

Ese año se realiza un Congreso de Cultura, en Santiago. Aprovechando la ocasión, una revista universitaria le encarga que realice una entrevista al pintor mexicano Diego Rivera. Pero dejemos que, nuevamente, sea Roque quien nos cuente:
Entonces yo llegué, simplemente a cumplir con mi deber de hacerle una entrevista, pero ahí hallé al hombre en uno de sus malos momentos; empezó a responderme cortésmente las preguntas hasta que no sé por qué se le ocurrió preguntarme mi filiación política, entonces yo le dije que era social-cristiano. Entonces él me preguntó, con aquella cosa exuberante que tenía, que cuántos años tenía yo. Yo le dije que dieciocho años. Me preguntó si yo había leído marxismo, yo le dije que no, entonces me dijo que tenía yo dieciocho años de ser un imbécil, y me echó. Me echó y yo horrorizado, por supuesto. Pero después de salir y después de conocer lo que era Diego Rivera, me interesó la actitud del hombre, y empecé a investigar quién era. Fui a algunas de sus conferencias sensacionales que dio en Chile; lo seguí, me enteré por ese incidente de la pintura mexicana, que era una cosa en la que yo nunca había caído en la cuenta, y, lo que es más importante, me entró la preocupación por estudiar marxismo. Porque por primera vez en mi vida me había pasado que una persona me dijera imbécil, así, por no haber estudiado marxismo.
Debido a este incidente, cuando Dalton vuelve a su país, inevitablemente se encuentra con otro país, uno que nunca había podido ver. La visión es intensa. Lo que el ojo recorre comienza a ser registrado en el cuerpo, sobre todo en el pecho y las manos. Comenzaba el camino hacia su formación revolucionaria.

A pesar de la brevedad de su estadía en nuestro país, en la memoria de Dalton existen postales de alegría de sus días en Chile. Como cuando, en una de sus estadías en Europa, en una primavera en Jevani, recuerda el letrero que vio en una calle de Santiago: ‘Zorobabel Galeno Sastre’. Pero se encuentra en Checoslovaquia y no logra recordar la gracia del chiste. Son los días en los que comparte conversaciones y caminatas con Pedro Lastra; visitan el Cementerio Judío de Praga, en 1966. Roque intenta descifrar las inscripciones de las tumbas, mientras le relata al poeta chileno sus tácticas donjuanescas. Algo de esto último queda debidamente registrado en su célebre Taberna y otros lugares, mientras que Lastra lo rememorará en “Noticias de Roque Dalton”, un homenaje pleno a la amistad: el recuerdo se entrelaza con la dedicatoria al poeta griego Rigas Kappatos.

Existen otras huellas del país en la obra de Roque, aun cuando no es posible determinar con exactitud en qué momento fueron aprehendidas, y Valparaíso –por ejemplo– es “una gran cascada en suspenso”, mientras que Punta Arenas emerge en un texto en prosa que le dedica a Rubén Azócar:
Recuerdo, sí, la nieve. Su sabor a cosa helada en el duro año de Inés. En Farellones me hundía en la nieve con el torso desnudo. Fuera de la miríada de agujas que te bebían las venas, el corazón, no te pasaba nada. Pero en Puntarenas (sic) el frío, sin nieve alguna, me causó una enfermedad sedicente que impidió seguir la ruta de las ballenas. Por eso sigue viva Nelda. (Hundió hace algunos meses el remolcador Balmaceda, cerca de Puerto Montt). Por eso recuerdo con simpatía la nieve solar y odio la sombra gélida del austro. Puntarenas. Su mar era como saliva negra, helada.
En 1959 vuelve a Chile, ahora como corresponsal, reporteando la conferencia de cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA). “En ese cónclave –recuerda Roque–, el doctor Raúl Roa, el doctor Armando Hart, incluso la presencia en Chile de Raúl Castro, conmovieron, según recuerdo, intensamente a las masas populares chilenas”. Pareciera que no todo estuvo signado por esas actividades; Lastra lo recuerda en un recital con jóvenes poetas: “yo aparezco por ahí, en un rincón / mirando en dirección a Roque”, escribe.

Roque Dalton regresa a nuestro país durante el gobierno de la Unidad Popular, el mes de diciembre de 1972. Lo recibe Isidora Aguirre. Ambos se habían conocido en Cuba, en 1969, cuando ella era invitada como jurado en el concurso “Casa de las Américas”. La relación iniciada en la isla se prolonga en Santiago. Conversan, se leen, bailan, recorren la ciudad, se aman.

Fabio Castillo Figueroa señala que la última vez que se encontró con Roque fue esa noche de Año Nuevo de 1972, en Santiago. En dicha ocasión celebraron juntos, en compañía de Regis Debray, toda una postal de época, pero no excluyente: Lastra, por su parte, nos ofrece “una escena en movimiento, en un bus / por la avenida Providencia abajo, / año setenta y dos, / con algunos papeles en la mano”.

Quizás esos papeles son los que constituyen el libro Los hongos, escrito entre el otoño de 1966 y el verano de 1971, en diversos lugares –La Habana, Praga y París–. Su primera versión –en prosa– se publica en Chile, por la Editorial Universitaria. En sus páginas se encuentran breves referencias críticas al proceso democratacristiano, conocido como la “Revolución en libertad”. En esta misma obra, en una nota a pie de página se menciona colateralmente al crítico literario Hernán Loyola.

En enero de 1973 Roque se despide de Isidora, de su casa y de Chile. La llama desde Cuba. Aún no está próxima la noticia que tendrá que entregar Enrique Lihn a la dramaturga.

El proceso chileno, cómo no, suscita el interés de Roque, y en Un libro levemente odioso queda su poema “Des-cubrimiento”, dedicado a Miguel Littin, y “Poeta libre”, en donde responde a los versos de Nicanor Parra: “Cuba sí / Yanquis también”. “¿Chile?”, se pregunta Roque, “Depende…”.

Como ya se sabe, ese depende se resuelve de manera drástica en nuestro país. Roque, de regreso en El Salvador, clandestino, mantiene la mirada sobre Chile. En dos poemas, escritos probablemente en 1974, expresa dicha inquietud. El primero de ellos está incluido en el conjunto de poemas titulado “Historias y poemas contra el revisionismo salvadoreño”, y está firmado como Juan Zapata, nos referimos al poema “Maneras de morir”, en donde Roque propone una comparación entre el foquismo de Guevara y la vía chilena al socialismo, de Allende. El otro poema pertenece a “Poemas para ir pensándolo bien”, y es “Hitler Mazzini: comparación entre Chile en 1974 y El Salvador en 1932”, firmado por Luis Luna.

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