domingo, enero 22, 2012

500. José Novoa Orellana: «Marusiña»


¿Dónde quedará la calle José Novoa Orellana? Es una de las primeras preguntas que me hice después de leer el libro Esquema de una vida noble: José Novoa Orellana, periodista, de Caupolicán Montaldo, un breve texto, un opúsculo escrito en homenaje de ese periodista que se hará digno, a mediados de 1942, de que la Municipalidad de Valparaíso coloque su nombre a una de las calles de la ciudad.

¿Dónde se puede encontrar una publicación como esta? Aquí cabe la digresión. Cada librería tiene su sello, sus obsesiones, su público. En Santiago, recuerdo la librería de Héctor Tolosa (una librería que tenía en alta estima Luis Vitale). En Valparaíso, quizás su pariente más cercana sea la Librería San Cristóbal, en calle Independencia. ¿En qué se parecen? En la primera impresión en el caos y el polvo, pero basta que uno comience a remover lomos y superficies para que, sin que transcurra mucho tiempo, se encuentre algo interesante; a veces una verdadera joyita aparece entre los dedos.

Son aquellas librerías que responden a la definición clásica de librerías de viejo: es muy difícil encontrar noticias recientes en ellas y todo parece suspendido en un instante difícil de identificar.

Eso es lo que ocurre con Esquema de una vida noble (Puente Alto, Talleres La Libertad, 1944, 38 páginas).

¿Quién fue José Novoa? Pues nada más que «Marusiña», el personaje del relato homónimo de Carlos Pezoa Véliz.

Señala Montaldo:
Viejos hombres porteños nos han confirmado el episodio que Pezoa Véliz cuenta en su «Marusiña», y que tuvo por escenario el Cerro Cordillera.

Por preparar en debida forma una fiesta para la gente humilde de aquel barrio, olvidado de la mano de Dios y de los ediles, Novoa faltó a su trabajo. Y ocurrió lo esperado: quedó cesante.

(...)

Pero los buenos vecinos del barrio lo expulsaron cuando quiso fundar con parte de esos dineros un dispensario gratuito, y, por tanto, reducir los fuegos artificiales de la fiesta.

Encima de esta incomprensión cayó sobre Novoa Orellana la calumnia. Podía ser un espía de la policía secreta. Y por esta suposición, fue golpeado bárbaramente por manos anónimas y brutales.
Novoa era tipógrafo, pero luego deviene en reportero y centra sus esfuerzos en la crónica de la vida obrera. En ello, evidentemente, no existe solo una opción temática, sino que fundamentalmente política.

La misma que lo llevará a reaccionar de manera activa, años después, durante el régimen del general Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931):
Y se dio a la tarea de rescatar hombres de las manos de la policía política. Mujeres tristes y niños hambrientos habían visto salir del hogar a más de un jefe de familia, para seguir a la cárcel camino del penal o del destierro por el delito de no adular.

Novoa gastó sus economías en adquirir alimentos y abrigos, para los que no pudo rescatar a pesar de su defensa y aún sus amenazas, porque sus razones eran violentas en este caso, y no había quien le impidiera entrar a visitar los detenidos donde estuvieran.

Se consiguió una vez el permiso para embarcarse junto con un grupo de hombres que iban a partir para Más Afuera. Pero entonces, la única vez, arguyendo cuestiones de ordenanza militar, lo dejaron en tierra.

Lleno de ira, de noble ira, se dirigió a un funcionario para protestar de este hecho, porque se sentía con el derecho necesario para hacerlo. Y el otro le contestó:

–Esos hombres, amigo periodista, no van a Más Afuera, van a más adentro.
Si bien el relato que construye Montaldo es un tanto hagiográfico, a pesar de ello en estas breves páginas es posible encontrar algunos antecedentes sobre el periodismo y la vida obrera en Valparaíso, por lo menos a modo de pistas a seguir. Una de ellas podría ser realizar la pesquisa de los artículos que escribió Novoa Orellana, tanto para El Heraldo como para La Opinión.

Otra indagación, una que nos arroja a la calle, sería levantarse del asiento, buscar la guía telefónica y ver dónde se encuentra la calle «José Novoa Orellana», asumiendo que esta existe aún. No deja de ser atractivo el ejercicio. Ya en las primeras páginas, Montaldo presenta una categórica opinión sobre las calles porteñas, al menos sobre la manera que se ha tenido de nombrarlas:
Las calles de Valparaíso defienden un defecto universal. Tienen nombres de héroes y cosas heroicas, recuerdan a algunos estadistas, a filántropos que hicieron sonar bien sus monedas, y entre algunas denominaciones que evocan tradiciones, surge el nombre de especuladores que después de muertos pasaron a ser distinguidos hombres públicos; pero, en general, los hombres que se preocuparon de cultivar y hacer cultivar el espíritu –músicos, escritores, periodistas, etc.–, no aparecen en el nombre de las calles.
Y, a todo esto, ¿quién fue Caupolicán Montaldo? Habrá que averiguar.

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miércoles, diciembre 28, 2011

499. Los siete ahorcados de Leonidas Andreiev


Durante este año he estado trabajando en la lectura más o menos sistemática de los minilibros Quimantú, al principio como juego indagatorio y, cada vez más, como sucesivas aproximaciones a una comprensión mayor de la política editorial que seleccionaba cada uno de los títulos que integraba dicha colección.

Por ahora, he registrado en este blog anotaciones sobre Gaspar Ruiz de Joseph Conrad; Noches blancas de Fedor Dostoyevsky; El cuarenta y uno de Boris Lavreniov; Aventuras de un fanfarrón de William Thackeray y Banda de pueblo de J. de la Cuadra

Ahora es el turno de Los siete ahorcados de Leonidas Andreiev.

Leonidas Andreiev (1871-1919) fue uno de los autores rusos incluidos en la colección Minilibros Quimantú, en su caso, con sus dos obras más conocidas: La risa roja y Los siete ahorcados.

Como dato anexo, estas novelas habían sido publicadas en Chile, el año 1931, por la Editorial Zig Zag. Algo que lleva a recordar que autores como Andreiev siempre son mencionados en la memorialística de la época (véase, por ejemplo, Luis Enrique Délano, Alfonso Calderón, Pablo Neruda). Esto da para pensar que la línea editorial de Quimantú, al menos en lo que dice relación con los minilibros, no es algo elaborado de manera exclusiva para la política cultural de la Unidad Popular, sino que es el reflejo de un proceso de acumulación cultural (si se permite la expresión) a lo largo del siglo XX. De algún modo, los títulos y autores que se seleccionan hacia la década de los años setenta tienen relación con los procesos de formación cultural e intelectual que tuvieron los jóvenes de treinta o cuarenta años antes. Eso es algo que quizás abordaremos en otra ocasión.

Lo que sí es posible afirmar es que Andreiev es otro buen ejemplo de que la línea editorial de Quimantú no era completamente ortodoxa: Andreiev se exilió en Finlandia, luego del triunfo de la Revolución Rusa en 1917 y desde allí escribió algunos textos contra los bolcheviques. Por cierto, nada de eso se señala con claridad en el breve prólogo. Además, como dato curioso, en él se entrega una fecha errónea de muerte: se indica el año 1922, algo extraño en las ediciones de Quimantú, que se caracterizaron por no tener erratas de esa índole.

Es claro, entonces, que Andreiev es incluido en esta colección por la relevancia de su obra. En efecto, este narrador fue un caso de éxito inmediato: una edición de 20.000 ejemplares de su libro El rey hombre se agotó en un día. León Tolstoi fue uno de los escritores destacados que le brindó su apoyo.

Siguiendo las aguas de Chéjov y Dostoievski, Andreiev se alinea en el realismo e indaga en profundidad el conflicto psicológico. De hecho, me parece que es en esta última dimensión en donde se percibe de mejor manera esta novela.

Esto, en gran medida por la manera de construir la historia. Los siete ahorcados (1908) trata del intento de asesinato (ajusticiamiento, dirían otros) de un ministro del zar, por parte de un grupo de anarquistas rusos. El intento falla, los conspiradores son capturados y condenados a la pena de muerte. Junto a ellos se encuentra un campesino que ha dado muerte a su amo y un ladrón.

A excepción del primer capítulo, que se preocupa de describir la catadura del ministro, en particular, su debilidad moral, todo el resto de la novela relata el rápido paso que hay desde el juicio sumario hasta la muerte en la horca.

Andreiev se preocupa de sugerirnos la personalidad de cada uno de los anarquistas presos, y en profundidad. Así, se obliga a construir un retrato psicológico de quiénes han sido ellos pero, sobre todo, de cómo reaccionan ante la inminencia de la muerte. Esa diversidad de reacciones, todas ellas verosímiles, le da una tensión notable al relato, junto a una atmósfera que agobia a veces.

Sin embargo, el relato no deriva hacia lo fácilmente emotivo, en el desarrollo de la historia en sí, ni tampoco en lo pedagógicamente moralizante, en el sentido de sus lecturas posibles. De hecho, a pesar de los rasgos decadentes con los cuales dibuja la silueta del ministro, Andreiev no profundiza en las razones políticas o ideológicas de los anarquistas. No toma un partido definido, ni a favor ni en contra. Lo que le preocupa es la tensión de un ser humano enfrentado a la muerte, así como la articulación, el funcionamiento de un dispositivo jurídico y policial destinado a quitar la vida. En ese sentido, sí puede sostenerse que la inquietud de Andreiev es develar dicho dispositivo y su funcionamiento: analiza el despliegue que un Estado realiza para aplicar la pena de muerte, sin embargo, no problematiza la lógica o la fundamentación del magnicidio, como sí se verá años después, por ejemplo, en Los justos, de Albert Camus.

Este matiz no deja de llamar la atención, toda vez que varios señalan que una de las preocupaciones vitales de Andreiev es el rechazo de la violencia, de toda forma de violencia y, en particular, de la violencia ejercida desde el Poder. Como lo indica K. Waliszewski en su Historia de la literatura rusa (México, Editorial Nueva España, 1945):
[Andreiev] surge como escritor poco después de la guerra ruso-japonesa, mostrando desde el principio de su carrera literaria una aversión casi mística por la guerra y la violencia que había presenciado.
Por su parte, en el prólogo de esta edición de Quimantú se afirma que
Durante la Primera Guerra Europea, su ideología, opuesta a toda manifestación de violencia, le significó el destierro a Valmesin, en 1917.
Esa aversión a la guerra, en todo caso, nos parece mucho mejor lograda en una novela que comentaremos en otro momento: La risa roja, su primera obra, publicada en 1904. Algunos años antes, en 1894, Andreiev había intentado suicidarse, debido a su miseria, según sostiene Waliszewski. En su biografía pareciera existir, entonces, una permanente dificultad para enfrentarse a los aspectos más duros de la vida. Esa tensión, ese desarraigo, esa extrañeza del individuo ante el mundo que lo rodea es apreciable tanto en Los siete ahorcados como en La risa roja. Pero, más allá de ese distanciamiento, es la intuición que tienen los personajes de que existe una articulación de fuerzas, muy superiores a sus fuerzas individuales, que tienen directa incidencia en sus vidas: las impulsan o las detruyen. Sin embargo, Andreiev no sugiere que dichas fuerzas sean una expresión metafísica del destino o de una comprensión esencialista de la naturaleza humana. Son fuerzas racionales, diseñadas y organizadas por el propio ser humano, para ser aplicadas sobre otros hombres y mujeres.

Por último, existe una referencia secundaria, pero no por ello menos llamativa. Es aquella que vincula a Los siete ahorcados con Los siete locos. ¿Existirá algún texto del propio Roberto Arlt en donde se refiere a la influencia que habría tenido esta obra de Andreiev en Los siete locos?

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martes, diciembre 27, 2011

498. Manuel Rodríguez, extraviado en Temuco

El busto a Manuel Rodríguez, en Temuco.
En la que pareciera ser su única placa puede leerse ‘M. Rodríguez’.
Fuente: Roberto Soto S.,
Desde mi esquina, p. 65.

Representaciones escultóricas de Manuel Rodríguez existen en diversas partes del país, pero, ¿cómo llegó un busto suyo a la ciudad de Temuco? Esta es la historia del obsequio que una ciudad solicita y que, con el transcurso de los años, extravía.

Con motivo del primer centenario de la república, en la ciudad de San Fernando, la Municipalidad, la Intendencia y los vecinos crean una comisión que elabora un programa de las actividades con las cuales se realizarán los festejos en la ciudad. Entre ellas, se decide realizar una estatua en homenaje de Rodríguez, realizada por Carlos Canut de Bon. Como se le ubicará en la Plazuela San Francisco o del Prócer, es necesario realizar algunas modificaciones en dicho lugar.

En efecto, existía en la plazuela una pila, y a un costado de ella, un busto conmemorativo de Rodríguez, en torno al cual se realizaban las fiestas cívicas o patrióticas, en donde «estudiantes y ciudadanos de toda condición, volcaban su cariño y fervor patriótico ante aquella expresión de gratitud y recuerdos». Este busto se saca de su lugar, para dar lugar al nuevo monumento. A partir de entonces, inicia un largo y accidentado recorrido. Primero se le lleva al cuartel de policía. De allí se deriva al regimiento «Zapadores». Al parecer en dicho recinto no saben bien qué hacer con él y, siguiendo la verticalidad del mando, lo envían a la superioridad militar de Santiago.

Varios años pasa el busto en la capital, en un lugar que desconocemos, hasta que la Municipalidad de Temuco lo solicita como obsequio. Ello es aceptado, y el 1 de septiembre de 1933, dicha entidad envía una conceptuosa nota de agradecimiento.

Finalmente, el busto es instalado en la sureña ciudad, frente a la estación de ferrocarriles [1].

Enrique Melcherts da entender que este busto fue también realizado por Canut de Bon: «En el período en que el artista afrontó la escultura con mayor decisión y propiedad, ejecutó numerosos monumentos, como su estatua de Manuel Rodríguez, en Temuco y San Fernando» [2]. Lo mismo afirma Isabel Cruz O., quien señala que Canut de Bon: «ejecutó también monumentos como la estatua de Manuel Rodríguez en Temuco» [3]. Hasta donde sabemos, no existe una estatua de Rodríguez en esa ciudad, de lo cual se puede desprender que estos autores se refieren tanto a la estatua realizada por Canut de Bon en San Fernando, como al busto donado por dicha ciudad a Temuco.

El año 2001, la Municipalidad de Temuco y el Ministerio de Vivienda y Urbanismo, firman un convenio para remodelar el sector Feria Pinto de la ciudad. A raíz de dichos trabajos, se saca de su ubicación el busto de Rodríguez y su paradero se hizo desconocido.

Durante más de diez años, este busto errante se encontró extraviado, algo que no pasó inadvertido para algunos. En la prensa regional, Julio Contreras, señalaba:
luego de unos trabajos en el área de la feria sacaron la estatua de Manuel Rodríguez sin haber sido repuesta. Por qué se olvidan a los centinelas de la patria los alcaldes de la ciudad [4].
Esto motivó incluso la preocupación de un concejal de la ciudad, Jaime Salinas, quien, en una reunión del concejo municipal, señaló que
con la remodelación de la Feria Pinto se retiró de una plaza del sector el Busto de Manuel Rodríguez y fue llevado a un local donde se guardan las carretas de los comerciantes de la Feria. Pero posteriormente habría sido vendido por kilos, por ello solicita se investigue y aclare esta situación que tiene que ver con el patrimonio histórico-cultural de la ciudad [5].
Ante ello, el Administrador Municipal señaló que se averiguará su destino.

A inicios de 2011 le consultamos al Concejo Municipal al respecto, para saber si se había encontrado el busto extraviado. La concejala Romina Tuma respondió señalando que «hemos realizado las consultas pertinentes y no se registra información” [6].

Sin embargo, un mes después, una escueta nota publicada en internet anuncia que el Municipio había informado que la estatua de Manuel Rodríguez, guardada por diez años, será reubicada en la plazoleta ubicada en calle Bilbao y avenida Barros Arana de la ciudad de Temuco [7]. Hemos hablado con distintos funcionarios de la Municipalidad de Temuco, pero nadie ha podido dar información alguna al respecto.

Así las cosas, por lo pronto, Manuel Rodríguez continúa extraviado en Temuco.


[1] Roberto Soto A., Desde mi esquina: 250 años de la fundación de San Fernando, Santiago, Industria Gráfica MA-FARI, 1992, p. 64.
[2] Enrique Melcherts, Introducción a la escultura chilena, Valparaíso [s. e.], 1982, p. ç104.
[3] Isabel Cruz O., Arte: lo mejor en la historia de la pintura y escultura en Chile, Santiago, Antártica, 1984, p. 465.
[4] Julio Contreras, «Miles de personas inauguraron la estatua del roto chileno en Temuco», El Austral, 14 de septiembre de 2008.
[5] Municipalidad de Temuco, Acta sesión del Concejo Municipal, Temuco, 10 de marzo de 2009, pp. 20-21. La información aparece bajo el acápite de “Bustos de próceres».
[6] Correo electrónico enviado el 1 de febrero de 2011.
[7] Referencia publicada en Twitter, el 2 de marzo de 2011, por @TemucoAraucania.

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martes, diciembre 20, 2011

497. La humanidad de Martín Lutero


Las religiones han asesinado bastante en la historia, o bien han impulsado el asesinato en masa, y bastante sabemos de eso en nuestro continente. Sin embargo, el dedo acusador sobre la Iglesia Católica a veces hace olvidar el comportamiento de otras comunidades religiosas.

Pienso en eso cuando leo Las guerras campesinas en Alemania de Federico Engels (Santiago, Editorial Quimantú, 1972). Como es obvio, la aplicación del método que se defiende, lleva a Engels a presentar un análisis comprensivo del proceso de lucha económica y política que se dio en el centro de Europa hacia finales de la Edad Media. Es por ello que se detiene en la figura de Lutero, en cuanto le permite –por oposición– destacar la figura de Tomás Münzer. Y es por ello que Engels cita esta proclama de Martín Lutero, dada a conocer hacia el año 1525. Ante las rebeliones de los campesinos, el hombre que venía a reformar la iglesia es categórico:
«Hay que despedazarlos, degollarlos y apuñalarlos, en secreto y en público; ¡y los que puedan que los maten como se mata a un perro rabioso!», gritaba Lutero. «Por esto, queridos señores, oídme y matad, degolladlos sin piedad; y aunque muráis, ¡cuán dichosos seréis!, pues jamás podríais recibir una más feliz muerte. Nada de falsa piedad con los campesinos. Son como los insurgentes los que de ellos se apiaden, porque Dios no les tiene misericordia sino antes quiere verlos castigados y perdidos. Luego los mismos campesinos darán las gracias al Señor cuando tengan que entregar una vaca para poder disfrutar en paz de la que queda; por esta rebeldía los príncipes conocerán el espíritu de la plebe a la que no pueden gobernar sino por la violencia. Dice el sabio: cibur onus et virgam asino [*], al campesino corresponde paja de avena; si son insensatos y no quieren obedecer a la palabra, que obedezcan a la «virga», al arcabuz, y será para el bien de ellos. Deberíamos rezar para que obedezcan; y si no, nada de conmiseración. Dejad que hablen los arcabuces, si no será mil veces peor».

[*] Al asno, la cebada, la carga y el azote. 
Existe una película sobre el reformador, «Lutero» («Luther»), dirigida por Eric Till, quien la realizó el año 2003. Si bien existen algunos minutos en los cuales se representa el momento de la amplia e intensa matanza de campesinos, así como el impacto que hecho le habría generado a Lutero, la verdad es que este es solo un hito en el relato biográfico que, con un marcado tono hagiográfico, despliega el filme. Si fuera solo por estas imágenes, Lutero es un espíritu atormentado, con ciertas contradicciones, pero, siempre, siempre, el mejor de los bienintencionados. Así, el lema promocional del afiche de la película parece claramente desmedido: «genio, rebelde, liberador», señala.

Por cierto, para no llamar a engaño, el libro de Engels no es un análisis de las guerras campesinas o de las luchas religiosas en sí mismas, sino que estudia un período que, con todas sus violencias económicas, sociales y políticas, no hacía sino anunciar el paso de la Edad Media al Renacimiento o, dicho de otra manera, de los largos estertores del feudalismo y los albores de una nueva formación económico-social.

En ese sentido, la proclama de Lutero funciona en el texto no solo como documento, sino también como una figura que permite mostrar aquella voz (que prefigura la voz burguesa), esa voz que –en un primer momento– llama a los abajo. Si estos escuchan el llamado y, peor aún, han creído en él, actuando en correspondencia, prontamente esa voz cambiará de interlocutor, de tono, escogerá otras palabras para decir. En ese momento, los campesinos son despojados de humanidad, son excluidos del género humano, expulsados hasta el último de los abismos. Ya no solo son excluidos de los goces económicos, sociales, culturales de la Edad Media, sino que también dejan de ser hijos de Dios, condición necesaria para que dejen de ser prójimos o, en otras palabras, hermanos. Lutero sostendrá que los campesinos son perros. En el momento en que los pobres son comprendidos como animales, se han roto todas las amarras: no solo toda violencia será posible contra ellos, también será un ejercicio fundamentado, justificado de la violencia.

No deja de llamar la atención la recurrencia en esto de deshumanizar al oponente, con el fin de poder realizar todo tipo de violencia sobre él. Desde los humanoides del almirante José Toribio Merino, hasta el debate de los conquistadores españoles respecto de si los indígenas americanos tenían o no alma, la genealogía de la negación es extensa. Gran parte de esas negaciones del otro, con sus violencias implícitas, han sido creadas, fundamentadas y desarrolladas por importantes pensadores religiosos: el violento amor de Dios ha regado miles de cuerpos sobre la tierra.

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lunes, diciembre 19, 2011

496. Imágenes de una vieja infancia

Con algo de paciencia, un día domingo es factible encontrar en la feria de los cachureos algo novedoso o algo útil.

Eso me ocurrió con este ejemplar de la revista infantil El Peneca, publicado el 13 de septiembre de 1947. El clásico Peneca, la revista que aparecía los sábados y es referencia casi obligada en todos aquellos que han escrito sus memorias, recordando su infancia a mediados del siglo XX.

Por razones obvias, la portada me llamó la atención de inmediato, además tenía la certeza de que, en algún momento sería necesario revisar dicha publicación, aunque fuera someramente. Claro, eso implica algunas horas en la sección de microfilmes de la Biblioteca Nacional.
    
La portada presenta a un niño uniformado que, por el detalle en su morrión, representaría a un Húsar de la Muerte. El dibujo, con un colorido muy propio de esta revista, fue realizado por el conocido ilustrador Coré, Mario Silva Ossa, quien realizó numerosas obras para esta revista.

«El abanderado de la patria» es el título de la portada, y este remite a un relato que se encuentra en el interior de esta edición, firmado por Roxane, seudónimo de Elvira Santa Cruz Ossa, tía de Coré y directora de El Peneca, por tres décadas.

El relato no tiene gran valor, ni literario ni histórico, así que ingresa a modo de ejemplo de aquella literatura menor que tiene fines moralizantes y pretendidamente formativos. Es la historia de Valentín Moscoso, «un criollito moreno, de pelo ensortijado y retinto y ojos picarescos» que, durante la Reconquista, será correo de Manuel Rodríguez; participa en la toma de San Fernando y, finalmente, integra los «Húsares de la Muerte», en calidad de abanderado.

El objetivo del relato es claro: buscar la identificación en los lectores de la revista con el personaje y, a través de ello, en los valores que se busca inculcar en ellos. ¿Tiene más valor que ello? Considerada como unidad no, quizás si se estableciera un análisis más amplio sobre El Peneca o en un estudio que indagase en otras direcciones, como aquellos que han abordado la construcción de nociones como patria, nación, identidad y otras similares en los textos dirigidos a niños y jóvenes, tanto aquellos realizados por el propio Estado como estos otros, que, desde la empresa privada, actúan como puntales complementarios de un discurso que, a lo largo del siglo XX, pocas veces pretendió ir más allá de los rígidos marcos que le había impuesto el desarrollo de una historia decimonónica.

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domingo, diciembre 18, 2011

495. El Quijote en La Paz


Dentro de los libros adquiridos los días sábado, en las expediciones en busca de alimento que relataba en la entrada anterior, se encuentran dos antologías, El cuento boliviano y La poesía boliviana, que encontré en un puesto que se coloca en la vereda, en la intersección suroriente de calle Uruguay con Victoria. Ediciones de la década de los sesenta de la editorial argentina Eudeba; obras de divulgación.

Del volumen correspondiente al cuento boliviano, leo «Don Quijote en la ciudad de La Paz», de Juan Francisco Bedregal (1883-1944). Un poco por azar, un poco por obsesión (aquella de vincular textos y territorio).

Es curioso el texto, muy hispano, demasiado incluso, a pesar de la obligatoriedad que tiene en el uso de un estilo que, desde acá (lo digo en términos de calendario), se aprecia casi como un fragmento de la arqueología de la literatura.

Sin embargo, la idea no deja de ser atractiva, y el cuento se deja leer, a pesar de su extensión. La capacidad de Bedregal para ofrecer una suerte de versión abreviada del Quijote en La Paz es interesante. Pero lo es más aún el uso de una ironía profunda que recorre todo el texto, a veces aproximándose a un humor amargo.

Hay quien ha visto en ello una mirada sancionadora hacia los sectores populares paceños. No me parece, su ácida descripción del monumento a Pedro Domingo Murillo o su parodia de los debates parlamentarios no pueden ser incluidos en dicha consideración. De hecho, el rechazo a la figura del Quijote a La Paz es absolutamente transversal en términos socioeconómicos y las significaciones de esto deben buscarse en otro lado.

De hecho, el Quijote puede descender hacia La Paz desde dos direcciones. Por un lado podría ser comprendido como el libertador (al menos así se plantea su figura en el cuento, cuando aún está en los alrededores de la ciudad), el justiciero, el que viene a solucionar los entuertos. Por el otro, ya en un plano simbólico, como el representante de la cultura occidental, en particular, de la hispanidad. Un sentido es explícito, el otro subyace.

Lo anterior se puede comprender al conocer un poco más al autor. Juan Francisco Bedregal fue un destacado miembro de la elite intelectual paceña. Escritor, jurista, profesor universitario, rector. El hecho de saber que fundó la Academia Boliviana de la Lengua ayuda a comprender el uso del idioma que se aprecia en este cuento, más allá de esas determinaciones de estilo que el tema del mismo le impone.

Este cuento está incluido en su libro Figuras animadas, publicado allá por 1924 y, si alguien es movido por la curiosidad, el relato se encuentra en internet.

Existe un dato relacionado con esto que desconocía. Lo señala Marcelo Arduz Ruiz, en su artículo «Don Quijote en la ciudad del Illimani», publicado en los Anales de la Academia Boliviana de la Lengua, el año 2005. Allí indica que, quince años antes de publicar la primera edición del Quijote, esto es, el año 1590, don Miguel de Cervantes Saavedra le había solicitado al rey de España, Felipe II, pasar a América con el empleo de corregidor de Nuestra Señora de La Paz. La solicitud no fue aceptada, sin embargo, solo ¡358 años después! el Consejo Municipal de La Paz nombró a Cervantes como «Corregidor Perpetuo» de la ciudad. Más vale tarde que nunca, dirían los abuelos.

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sábado, diciembre 17, 2011

494. Sagárnaga: los textos

Fotografía de Sagárnaga (1955), incluida en el libro de Hugo Goldsack.

A veces los libros llegan de manera inesperada. Por ejemplo, uno sale un día sábado en la mañana rumbo a la Avenida Argentina, en busca de frutas y verduras, y se encuentra con el libro de Hugo Goldsack, Encuentro con Bolivia. Color y sorpresa de un país inesperado (Santiago, Ediciones François Villon, 1956). Se regresa a casa con acelgas, papas, naranjas, ciruelas, lechugas, pimentones... y 76 páginas que describen un viaje a Bolivia a mediados del siglo XX.

¿Qué dice Goldsack de Sagárnaga en esa época? 
La Sagárnaga es diferente. Enclavada en una de las tantas colinas que forman La Paz, abarca varias calles estrechadas y empedradas, y los negocios y tiendecillas se suceden uno a otro, ocupando la planta baja de casas increíblemente ancianas y reumáticas. Subir y bajar por sus calzadas coloniales depara un saborcillo muy semejante al que ofrecen los cerros de Valparaíso, con la diferencia de que aquellos son pobres, y esto, en cambio, sólo puede compararse con los prodigios de la cueva de Alí Babá.

En realidad, la Sagárnaga es indescriptible, no tanto por la variedad infinita de objetos y productos, como por la riqueza que se acumula en los viejos mesones y en las añosas vitrinas.

(...)

...parece que nos hablara La Sagárnaga, mientras curioseamos aquí y allá, en esta feria que nos hace pensar, sin quererlo, en Bagdad, y en donde un pueblo totalmente olvidado de sus hermanos y cercado por la más tenaz leyenda negra, sale a nuestro encuentro para mostrarnos algo de su prodigioso instinto creador, su sensibilidad exquisita y las enormes reservas espirituales que guarda para el día en que, superados los viejos prejuicios, nos demos todos a la tarea de integrar la verdadera, la definitiva comunidad latinoamericana.
Una cosa me llama la atención en el relato de Goldsack, es ese tic recurrente en ciertos relatos de viaje: tratar de equiparar, de relacionar, de establecer correspondencias entre nuestras geografías con otras muy distantes, como si lo más próximo a nosotros fuese, en realidad, la quintaesencia del exotismo. Solo de esta manera se puede comprender que este periodista chileno piense en Bagdad cuando está en La Paz. Más de alguna vez he escuchado a un transeúnte distraido referirse a alguna zona del territorio nacional, no en relación a sí mismo, o a una geografía más próxima, continental, digamos, sino que buscando puntos de encuentro con Argelia, Turquía, Italia, Holanda, o cualquier otra coordenada que, al parecer, pudiera dotar de cierto estatus la propia, al parecer, disminuida geografía latinoamericana que nos tocó en suerte. Definitivamente no es así, y La Paz es la La Paz, tanto como Valparaíso es Valparaíso, sin necesidad de validaciones comparativas que puedan resignificar la estatura de la geografía que se ama.

Pero, a todo esto, ¿qué nos dice un escritor más reciente y, además, boliviano?

Jaime Saenz, en su libro Imágenes paceñas. Lugares y personas de la ciudad (La Paz, Difusión, 1979), también le dedica unas líneas a esta calle. La fotografía que ilustra sus palabras fue realizada por Javier Molina B. Este libro lo compré en La Paz, hace ya cinco años, me parece que en la Librería Gisbert, ubicada en el centro de la ciudad, en la calle Comercio.
Partiendo de la plaza de San Francisco y ascendiendo una pendiente cada vez empinada, para luego discurrir en un plano casi horizontal y volver a subir, hasta concluir su curso, la calle Sagárnaga ha sido siempre y por tradición la sede de las curtiembres y talabarterías, como también de las ferreterías y, sobre todo, de las tiendas y puestos de tejidos de vicuña, de alpaca y de lana, encontrándose asimismo no pocas boticas y otros negocios de diversa índole, pues la Sagárgana, al igual que la Max Paredes, aunque en menor escala, es una calle de gran actividad comercial.

Sin embargo, por el espíritu y por la atmósfera, por los signos imponderables que el tiempo y los habitantes han señalado, y por encontrarse en sus vecindades el templo de San Francisco, pocas calles se le comparan, tan entrañables como la Sagárnaga, las hay muy contadas.
Si hubiera que optar... es claro, me quedo con el paceño.

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