sábado, noviembre 21, 2009

329. Nueva postal desde el extranjero

En una reciente entrevista a Miguel Sánchez Ostiz, el autor de Sin tiempo que perder señala que "Valparaíso es para escribir novelas de desaparecidos", y precisa: "Me importan las historias de gente que desaparece, que se esfuma, pero alguien allí me reventó una novela al decirme: ustedes los europeos se permiten el lujo de desaparecer, cuando aquí tenemos otro tipo de desaparecidos".

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viernes, noviembre 20, 2009

328. Una de Victor Hugo

Recordé por estos días una anécdota que me contó Daniel Calabrese. Ilustra bien un aspecto de las relaciones entre los autores y sus editores.

Sería el intercambio epistolar más corto del mundo y fue protagonizado por Víctor Hugo y su editor en París, el autor desea saber la fecha de aparición de su libro. Una variante dice que lo que Víctor Hugo deseaba conocer era cómo iba la venta de Los miserables, esto no varía el carácter de la anécdota.

Escribe Víctor Hugo: ?
A las dos semanas, responde el editor: !

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jueves, noviembre 12, 2009

327. Lowry y Valparaíso

Bajo el volcán, Bajo el volcán... ¿dónde esta cita que no encuentro: "se había olvidado de la eternidad, se había olvidado de su viaje al mundo, de que la tierra era una nave fustigada por la cola del Cabo de Hornos y condenada a no llegar nunca a su Valparaíso".

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sábado, octubre 24, 2009

326. Gabriela y Roque

Imágenes de la revista Repertorio Centroamericano donde Julio Enrique Ávila publicó su artículo "El Salvador Pulgarcito de América", en 1946 y de la poeta chilena y Premio Nobel de Literatura Gabriela Mistral. FOTO / edh

Otra noticia de ayer. Esta vez desde el sitio El Salvador.com. Allí Carmen Molina Tamacas realiza una interesante nota sobre el estudio "El Salvador, Pulgarcito de América (1946) de Julio Enrique Ávila", del investigador salvadoreño radicado en Estados Unidos, Rafael Lara Martínez.

Lara Martínez sostiene que es la tradición oral la que indica que Mistral habría "bautizado" a El Salvador como el Pulgarcito de América, durante su visita en 1931. Frase que luego ocupa Roque Dalton como epígrafe de su libro Historias prohibidas de Pulgarcito.

Dice Lara Martínez: "Para mi sorpresa, descubrí que Historias prohibidas de Pulgarcito (1974) —libro que se iniciaba con la 'cita' de la chilena— representaba uno de los libros más estudiados del autor salvadoreño. Sin embargo, ninguno de las múltiples respuestas críticas de la obra roqueana se tomaba la molestia de rastrear el origen documental de la famosa frase. Les bastaba repetir la máxima en cuestión para asegurarle al lector instruido, pero ingenuo, que la chilena era su autora original. Acaso, llegué a la conclusión semanas después, más que críticos serían censores del dato primario que reseñaría hechos pretéritos. Este nuevo silencio alimentó aún más mi curiosidad. El título mismo de la obra más difundida de Dalton carecía de referente historiográfico objetivo".

Como buen antropólogo y lingüista, Lara Martínez buscó ("sumergió", dice él) en la obra de Mistral, buscando dicha cita. No la encuentra. La referencia más próxima señala: "en El Salvador se ha hecho en un mínimo de territorio un maximum de trabajo", en La Prensa del 20 de septiembre de 1931.

"No obstante, la mayoría de personas que consultaba me aseguraba la autoría de la chilena remitiéndome a fuentes que rebuscaba con mayor ahínco y leía infructuosamente. De nuevo, ya sonaba a estribillo sin sentido, se me imponía el silencio o, acaso, la conciencia tardía de la experiencia que la poeta laureada y sus anfitriones habían vivido en el país. Hacía constar una distancia entre vivencia y palabra", afirma Lara Martínez.

El investigador literario Carlos Cañas Dinarte, fue quien señaló la pista, al señalar la posesión de una copia del documento original "con la frase canónica, repetida hasta el cansancio". "La letanía no le correspondía a Mistral sino a un poeta e intelectual salvadoreño olvidado de la primera mitad del siglo veinte: Julio Enrique Ávila (1892-1968). De ser así, Dalton demostraba su amplio conocimiento de la historiografía literaria nacional, a la vez que confesaba que un libre arbitrio antojadizo guiaba su reescritura de la historia oficial. Había que tergiversar a los clásicos". No me queda claro si esta última afirmación es de Cañas Dinarte o de Lara Martínez, pero, en todo caso, es algo que inaugura una leve zona de discusión.

Notable, por decir lo menos. Para muchos puede ser un detalle, pero para otros -entre los que me incluyo- que llevamos cierto tiempo de "ocio" pesquisando las relaciones entre Dalton y la literatura chilena, esto no deja de ser una noticia interesante. Habrá que ver cómo sigue esta historia.

Para los curiosos, la investigación de Lara Martínez se puede leer en el sitio de la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica, es decir, aquí.

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viernes, octubre 23, 2009

325. Recado desde el extranjero

En Noticias de Navarra, Ana Oliveira Lizarribar entrevistó el día de ayer a Miguel Sánchez-Ostiz, escritor español, quien prepara un libro en el cual describe sus impresiones de Valparaíso. Esto es un anticipo de su mirada:
En un primer momento, llegué a Valparaíso con la idea de ambientarme para escribir un libro en la ciudad, un lugar muy hermoso que sugiere muchas cosas, muchas imágenes. Ir por sus calles es ir viendo cosas muy entrañables. Siempre digo que parece un belén a lo bestia (risas). No hay que olvidar que es una ciudad de leyenda por su pasado, ya que tuvo mucha importancia cuando los barcos tenían que doblar Cabo de Hornos y comenzó a arruinarse cuando se abrió el Canal de Panamá. Además, centralizaba también el mercado marítimo del nitrato chileno, que ya dejó de venderse. De todas esas historias ha quedado una imagen legendaria de aventureros, marinos... que no es más que eso, porque no queda nada en la ciudad, como no queda tampoco nada del Valparaíso de Pablo Neruda. La dictadura de Pinochet lo arruinó todo, así que la ciudad hace esfuerzos por sobrevivirse a sí misma, a la ruina, a los incendios, a la lluvia... Supongo que algún día terminaré aquel libro.

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miércoles, octubre 21, 2009

324. Elogio de la curvatura

Revisión un tanto veloz de los diarios de Alfonso Calderón. En el primero de ellos, La valija de Rimbaud (1939-1951), encuentro lo siguiente:

Santiago, 5/IX/1949

Revisé línea a línea El espectador y di con la referencia que hizo Martín [Cerda] días atrás. Está en un ensayo que se llama "Sobre la muerte de Roma" (El espectador, VI). Dice a la letra: "...los progresistas de ayer son los más nocivos reaccionarios de hoy, los que impiden la verdadera acomodación a lo absolutamente nuevo que el tiempo aporta. Son progresistas en línea recta. Los chinos creen que los diablos avanzan sólo rectilíneamente y por eso les basta poner un biombo ante la puerta de la habitación para que el tozudo diablo tenga que detenerse. De aquí también el encorvamiento de los tejados: el diablo, al deslizarse por ellos, no puede caer a tierra, sino que sale despedido otra vez en línea recta hacia el espacio, como pelota de la cesta vasca".

Esto viene en la página 252 del libro. A construir curvaturas por todas partes, entonces..., me digo.

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martes, octubre 20, 2009

323. A escopetazos con los niños

Transcribimos aquí la columna de Leonardo Sanhueza, publicada hoy martes, en Las Últimas Noticias:

Tiempo atrás Antonio Gil escribió en este diario una columna que recetaba el exterminio total como única solución al llamado "conflicto mapuche". Cámaras de gas, sillas eléctricas, hornos crematorios, patíbulos de las más diversas especies, en fin: toda herramienta letal conocida y por conocer serviría para ponerle punto final a esa prolongada agonía. Desde luego, en vez de ver allí una dramática ironía en defensa del pueblo atropellado y una acusación rabiosa contra la desidia chilena, mucha gente leyó el texto de Gil al pie de la letra y no tardó en elevar las más encendidas protestas contra el colega columnista y su espíritu repentinamente maligno, perverso, racista y qué sé yo cuántos otros calificativos de la peor estofa.

En realidad, ya no quedan lenguajes ni estilos para llamar la atención sobre la brumosa barbarie que ocurre en la antigua "alta frontera", actualmente concentrada en los alrededores de Lumaco y Ercilla. Cualquier cosa que se diga al respecto suena trillada y hostigosa como una incesante gotera en el lavaplatos. Mataron a un joven por la espalda: ploc. Le dispararon a un adolescente desde un helicóptero, lo detuvieron y lo amenazaron con lanzarlo desde las alturas: ploc. Amarraron a una machi en el suelo como si fuera una vaquilla: ploc. Podrían bombardear la zona con gas mostaza o quemar muchedumbres con ácido sulfúrico, pero nosotros seguiríamos tan impasibles como si lloviera.

Todo el mundo puede entender que el conflicto de la Araucanía sea extremadamente discutible y enmarañado, tanto que el despojo más infame de unos puede ser interpretado como algo justo por otros. Cada quien puede tomar partido por el bando que mejor le sienta. ¿Pero cómo entender que la semana pasada, como la cosa más normal del mundo (ploc, ploc, ploc), un contingente de unos doscientos carabineros las haya emprendido a escopetazo limpio y gases lacrimógenos y vomitivos contra una escuela de Temucuicui, la que a esa hora se encontraba llena de niños en clases y campesinos a la espera de ser inscritos en los planes de empleo temporales de la Conaf? ¿Qué clase de orden querían imponer allí, sobre qué caos, contra qué organización? Siete niños fueron heridos con perdigones y otros veinte resultaron asfixiados. Agréguense otros tantos campesinos heridos e intoxicados por los gases. ¿Qué es eso? ¿Qué clase de juego macabro?

Está bien: que suene ese lavaplatos de violencia y aquí no ha pasado nada. Y que suene bien fuerte, de aquí a la eternidad. Si han pasado ciento veinte años en esa inercia, perfectamente pueden pasar ciento veinte más. Que quemen para callado la Araucanía, que le pongan una bomba y la dejen convertida en un inmenso cráter en donde instalar después un regio acuario para tiburones. Hagan lo que se les cante con el viejo "granero de Chile", pero a los niños déjenlos en paz. A los niños y a los viejos y a los campesinos y a las machis déjenlos en paz.

Esos perdigones han herido a niños mapuches, pero el rebote nos ha dado en la cara, arrastrándonos un poco más a una bajeza nacional absoluta e irremediable: esos disparos no son otra cosa que un lento suicidio.

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